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Universidad de Sevilla

[Entrevista] Concepción Fernández, Premio Fama

Esta catedrática de Filología Latina asegura que las piedras hablan y que el latín es una lengua viva. No hay más que leer sus trabajos en el análisis crítico y filológico de las inscripciones latinas, en los que da protagonismo a las voces ignoradas y silenciadas durante siglos. Trabajadora incansable y cercana, disfruta de la enseñanza, a la que considera un arte.

El Premio Fama es el mayor galardón de la US a sus investigadores. ¿Siente así reconocida su trayectoria académica?

Es un premio muy emocionante y lleno de contenido, por lo que supone de reconocimiento a una trayectoria investigadora que se remonta a muchos años atrás y que se ha ido desarrollando en paralelo a tu vida personal. Al recibir este premio es inevitable, es obligado, volver la vista atrás y recordar los comienzos, los avances, la chispa inicial y la sucesión de trabajos que nunca concluye. En el año 79, cuando comencé, apenas se hablaba de investigación, al menos no en Humanidades, así que no tenía ningún plan al respecto; pero mis primeras clases de latín vulgar me mostraron de pronto el latín como una lengua viva, en constante evolución, y de la que teníamos testimonios muy valiosos de ciudadanos de a pie que grababan sus mensajes de amor, de odio, de propaganda política, funerarios o elogiosos en cualquier lugar visible: paredes, iglesias, tabernas, foro, tabillas de bronce… Llegaban a nosotros de primera mano, sin intermediarios. Y fue para mí un encuentro decisivo con esas voces ignoradas y silenciadas por el peso de la Historia y de la Literatura con mayúsculas, y de las que tanto podíamos aprender.

Y ese fue el comienzo, primero a través de trabajos más concretos, desentrañando la lengua y su evolución, y después llegando, a través de la lengua, al contenido de sus mensajes, a sus anónimos autores, a sus destinatarios. Y toda esa trayectoria, todo ese camino, mis maestros, mis colegas, mis estudiantes, mi familia, mis amigos, desfiló de pronto ante mis ojos al recibir la noticia del premio.

Creó el Centro de Iniciativas Culturales y lo dirigió entre 2008 y 2016. ¿Qué le aportaron estos años en los que compatibilizó la labor académica con la gestión institucional?

Yo nunca me había dedicado a la gestión universitaria hasta que en 2008 el rector Joaquín Luque me ofreció el reto de crear el Centro de Iniciativas Culturales (CICUS). No supe decir que no, acababa de habilitarme como catedrática tras largo tiempo de intenso y duro trabajo, y me ilusionó la perspectiva de conocer esa faceta universitaria; la única que me faltaba, y de hacerlo sobre todo en un ámbito tan importante en mi vida como el cultural.

Recién ganadas las elecciones me vi en un gran despacho, sentada en una mesa y con ese miedo natural al folio en blanco. Pero ese folio, que no estaba del todo en blanco, sino que partía de una sólida base que el propio rector había redactado, se llenó muy pronto de proyectos. Fue un privilegio poder conocer a tantas personas, a tantos artistas, a tantos creativos, y al personal tan comprometido del propio CICUS, que me ayudaron a conformar un proyecto cultural vivo, innovador, participativo y acogedor, que se vio completado con la fortuna de un edificio propio que pudimos rehabilitar y configurar a imagen de nuestro proyecto cultural. Creo que fue una ventaja el hecho de que yo no tuviera ninguna habilidad artística particular, sino que era simplemente público cultural desde hacía muchas décadas… y de ahí resultó ese proyecto plural.

En todo caso, podría decir que mi vena investigadora afloró en alguno de los proyectos, como el de la catalogación del patrimonio arqueológico tan rico que posee nuestra universidad; o la reivindicación de la arquitectura contemporánea como patrimonio y la consiguiente catalogación de los bienes inmuebles. O el proyecto de la Gipsoteca, recuperando, estudiando y musealizando la valiosa colección de vaciados en yeso de la US.

Y no fue solo la dirección del CICUS, sino la participación en general en el gobierno de la universidad en todos los ámbitos, lo que realmente me enriqueció y cambió mi visión de la universidad. El ver cuánta reflexión, cuánto trabajo de cuántas personas hay detrás de cada decisión, te hace más tolerante, más comprensiva, más justa.

Y sí, todo ello lo compatibilizaba con mi vida académica, algo más reducida, como es natural, pero es lo que soy, profesora e investigadora, y eso no iba a cambiarlo nada.

Su actividad investigadora se centra en el análisis filológico de las inscripciones latinas en verso. ¿Qué nos cuentan esas inscripciones?

Una parte considerable de las inscripciones latinas está en verso, lo que inmediatamente nos pone en contacto con la experiencia de la poesía y de la cultura popular en muy diferentes contextos geográficos, sociales, lingüísticos y cronológicos. En cierto modo, es el sueño del filólogo: encontrarse con unos textos sobre los que puede aplicar todas sus herramientas para un análisis sin fisuras y con resultados sorprendentes.

Por fin estaba al alcance de nuestras manos la literatura de la diversidad, las voces no de un “mundo romano” genérico y despersonalizado, sino de ciudadanos que vivían entre Britannia y el África romana. ¿Quiénes eran? ¿Qué leían? ¿Cómo vivían? ¿Qué papel tenían las mujeres? ¿Cómo afrontaban la muerte de sus hijos? Una heterogeneidad cultural unida por una lengua, el latín, llena de variantes y matices. Eso me permitió, por ejemplo, abrir una línea de investigación sobre las mujeres en la Antigüedad, descubriendo en estos textos que más allá de los tópicos habituales, más allá de los elogios genéricos, en cada poema afloraban datos domésticos y personales de gran valor documental. Y esto es solo un ejemplo, mínimo, pero muy representativo de todo lo que podemos llegar a saber a través de estos textos.

Las inscripciones latinas en verso son un fenómeno literario y cultural no elitista que nos permite un acercamiento al mundo romano más democrático e inclusivo.  Es como ver cumplido el desiderátum de esa reflexión popular “si las piedras hablaran…”, porque hablan, en efecto, y nos dan informaciones insospechadas.

¿Tiene este campo de investigación alguna trayectoria internacional?

Esta línea de investigación tiene la mejor repercusión internacional que hubiéramos podido soñar, porque desde el principio trabajamos para un proyecto de edición de inscripciones latinas en verso dirigido por la Berlin Brandenburgische Akademie der Wissenschaften a través de la oficina científica del Corpus Inscriptionum Latinarum (CIL), que es una colección mundialmente reconocida cuyo primer volumen remonta a 1864 y que ahora se está reeditando y actualizando. Desde los distintos proyectos que dirijo trabajamos para una nueva serie temática, centrada exclusivamente en las inscripciones en verso y el primer volumen, que verá pronto la luz, será el de Hispania, liderado la Universidad de Sevilla.

Precisamente las investigaciones desarrolladas en estos años sobre poesía epigráfica, su difusión y su transferencia internacional, nos han puesto en contacto con los investigadores más relevantes en este campo y nos han otorgado el liderazgo en esta línea de investigación a nivel internacional.

Ahora, por ejemplo, formamos parte de una red de universidades europeas (junto con Mainz, Reading, La Sapienza, Paris Nanterre, Trier y Bourgogne) para la formación integral de doctores dentro de una Innovative Training Network. Si la solicitud prospera tendríamos una quincena de doctorandos en toda Europa, y sus respectivos supervisores, trabajando en Inscripciones Latinas en Verso

¿Es el alumnado de ahora muy diferente al de otros periodos académicos?

En el caso de la Filología Clásica el alumnado es en muy buena parte vocacional. A nadie que no le interese el mundo clásico, su lengua, su cultura, su civilización, se le ocurre tomar la decisión de estudiar latín y griego. Eso nos pone, en general, las cosas más fáciles.
Es verdad que si miramos muchos años atrás hay diferencias, pero más de tipo generacional que académico, como pueda sucedernos en otros ámbitos, con nuestros hijos, por ejemplo. Hay que adaptarse, ensayar nuevas metodologías, involucrarlos en el proceso de aprendizaje, darles recursos para que sean autónomos, valorar sus opiniones, resaltar sus logros. La enseñanza es en cierto modo un arte, así que tiene mucho de preparación, de ensayo, de puesta en escena, de captatio benevolentiae en definitiva.

Yo me siento bien con mis alumnos, trato de ser clara con ellos, de explicarles mi trabajo, de mostrarles cómo mis clases, sus clases, se benefician de ese trabajo, y viceversa, porque también sus intervenciones, sus dudas, sus críticas, sus intuiciones revierten en mejores resultados de muchas investigaciones en curso.

+ CERCA

-    Catedrática de Filología Latina.
-    Premio Fama 2018 por sus investigaciones en los campos de edición crítica y comentario filológico de las inscripciones latinas.
-    Comprometida con el avance de las Humanidades.
-    Creó el Centro de Iniciativas Culturales, poniendo en marcha una política cultural innovadora en la Universidad.

 

Esta entrevista está disponible en el número 46 de la Revista US.

 

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